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Infidelidad (Tokio Hotel) - Cap.6

Sentado en la vacía sala no dejaba de mirarse el brazo en el que un trozo de gasa blanca resalta contra su pálida piel. Apoyó los brazos en la mesa y recostó en ellos la cabeza, cerrando los ojos y tratando de encontrar un porque, el motivo por el que en esos momentos estaba aislado y acusado de empujar a la novia de su propio hermano por las escaleras, provocándole de seguro el aborto del hijo que esperaba.

Todo estaba muy confuso en su mente. Tenía vagos recuerdos, además de una resaca de campeonato. Se acordaba de haber discutido con ella, hasta de las palabras que usó, haciendo mención a sus sentimientos hacia su hermano, echándola en cara que se había puesto en medio de ellos.

Luego todo fue muy extraño. Le miró con una extraña expresión en los ojos y una sonrisa fea en la cara. Gritó algo de que no lo hiciera y se apoyó contra su pecho para darse impulso y caer por las escaleras rodando.

O eso era lo que creía. Verla caer por las escaleras a cámara lenta, saber que si se hubiera movido con rapidez la habría detenido,…todos estos pensamientos le habían hecho estar más confuso todavía.

Y lo peor vino después. Se quedo paralizado en lo alto de la escalera, viendo como Georg pasaba a su lado y le gritaba que se moviera y llamara a una ambulancia. Pero él no se podía mover. Solo se giró cuando presintió que la puerta de la habitación de su hermano se abría y le miró a los ojos interrogándole por esos gritos que había escuchado.

…l negó con la cabeza y separó los labios para hablar en un susurro casi inaudible.

-Ha sido un accidente.

Tom le miró con una expresión que jamás creyó ver en sus ojos: odio. Pasó corriendo por su lado, empujándole con fuerza contra la pared cuando quiso tocarle, dándole igual dejarle tirado en mitad del pasillo gimiendo de dolor y comenzando a sollozar. Porque sabía que si alguna vez hubo una remota oportunidad de recuperarle, esta se había esfumado escaleras abajo.

La ambulancia llegó a los 5 minutos. …l se arrastró por el suelo y se quedó sentado en el primer escalón viendo como atendían a la chica que continuaba inconsciente en el suelo, con su hermano al lado tomándola de la mano y llorando sobre su cuerpo.

La policía también estaba presente. Preguntaron a Georg si sabía lo que había ocurrido, en vista de que su hermano no podía contestar a ninguna de sus preguntas. Vio como Georg se mordía los labios indeciso, hasta que al final le señaló con el dedo, haciendo que se sintiera peor si se podía.

La policía subió las escaleras y él se puso de pies con esfuerzo, preparado para intentar escuchar sus palabras.

-Nos tiene que acompañara a la comisaría, allí le tomaremos declaración-le dijo uno de los agentes.

-Pero mi hermano….me necesita a su lado…-susurró Bill confuso.

-Luego lo podrá ver, venga, vaya a vestirse-insistió el agente.

Miró su cuerpo, acordándose que se levantó de la cama para bajar a la cocina a por un analgésico sin molestarse en vestirse, pues creía que no había nadie inoportuno en la casa. Caminó hacia su habitación, sintiendo que el agente le seguía de cerca. Entró en ella y antes de que pueda cerrar la puerta, una mano se lo impidió y entró con él también.

Comenzó a vestirse resignado. Estaba claro de que tenían miedo de que intentase escapar o algo así. Cogió lo primero que vio, resultando ser la misma ropa que llevó el día anterior, recordando lo que pasó en el oscuro callejón. Se la puso deprisa sin pensar en maquillarse, eso estaría fuera de lugar en esos momentos, pero antes de salir procuró coger sus gafas de sol y el móvil, tenía que llamar a alguien para que le ayudase.

El agente le dejó paso y caminó tras él hacia la salida. Una vez en la calle, vio como metían la camilla en la ambulancia, y siguiendo un impulso echó a correr hacia su hermano y le tomó del brazo.

-Tom…tienes que creerme….

Pero se quedó callado al ver la expresión de su hermano, como le cogía la mano y se la apartaba con repulsión. Le dio la espalda y entró en la ambulancia para acompañar a esa extraña que había conseguido hacer lo que más miedo le daba. Separarlos definitivamente.

Se quedó de pies viendo como la ambulancia partía velozmente, con la sirena rompiendo el silencio de esa soleada mañana. Sintió unos brazos que le cogían fuertemente.

-No me obligues a esposarte-le dijo furioso el agente.

-Eso no es necesario-intervino Georg corriendo a su lado.

La calle se había llenado de curiosos, lo último que necesitaba era una foto suya en las noticias con las esposas puestas tras tirar a una chica por las escaleras.

Se dejó llevar hasta el coche de policía. Se sentó detrás viendo esas rejas que le separaban de la libertad. El coche arrancó mientras él se cubría con las manos la cara, ocultando su rostro a miradas curiosas y ajenas.


Una vez en comisaría, le tomaron las huellas dactilares y le hicieron la típica fotografía con un número para identificarle. Lo había conseguido. Estar fichado por la policía sin ningún motivo. Porque él no había hecho nada, y eso era lo que más rabia le daba. Que el mundo entero, incluido su familia y su hermano, pensara que él era capaz de cometer un acto tan cruel.

Le llevaron a esa sala vacía en la que se encontraba en esos momentos, le tomaron declaración en la que juró que no la había tocado. Se dieron cuenta de su estado, que le costaba hablar y el olor a humo y bebida que despedía su ropa. Se miraron con una sonrisa y llamaron al forense para que le extrajera un poco de sangre, pensando que aún estaba bajo los efectos del alcohol y la resaca.

Y le dejaron solo. Le quitaron el móvil y las demás pertenencias. Le dejaron encerrado en la sala hasta decidir que hacer que con él. Sabía que podía hacer una llamada, pero no sabía a quien. Su familia estaría en le hospital y solo querría llamar a su hermano, pero le había dejado claro que no podía contar con él.



Pasados lo que a él le parecieron días, la puerta se abrió y se sorprendió al ver entrar a David, quien le miró con una expresión trágica en la cara.

-Tienen diez minutos-les informó un agente.

David se sentó enfrente de él y le ofreció el café que llevaba en las manos.

-Bill, esto es muy grave. Te acusan de un delito involuntario-le explicó con voz grave.

-Yo no la empujé…fue ella….se tiró por las escaleras…

-Eso ya lo estudiarán los expertos-le cortó alzando una mano.

-¿Es que tú tampoco me crees? Entonces, ¿Qué haces aquí?-gritó Bill furioso.

-Bill, cálmate, no empeores la situación. He venido a pagar tu fianza, quedarás bajo mi tutela hasta que se fije el juicio-le explicó David.

-¿Y mis padres? Ellos no han querido, ¿verdad?

-Gordon y tu madre están en el hospital, y tu padre de viaje. Solo me tienes a mí.

Bill asintió en silencio, levantando una mano para secar la lágrima que bajaba por su mejilla tras escuchar sus ciertas palabras. Estaba solo. Ya no tenía a nadie a su lado.

David se marchó a firmar los papeles de su libertad. Le dejaron salir de la sala cuando todo ya estaba resuelto. Cogió sus pertenencias que seguían en la caja en la que le obligaron a dejarlas. Cogió el móvil y lo apagó del todo. Si nadie quiere saber de él, mejor no dejarlo encendido esperando una llamada que nunca recibirá. Se puso las gafas de sol y siguió a David hasta el parking de la comisaría.

-Pasaremos por el apartamento para que recojas unas cosas. Es mejor que te quedes conmigo unos días-dijo David no muy convencido.

En su mente todavía está fresco ese beso que recibió y tenía miedo que por las circunstancias se repitiera. Llegaron al apartamento y lo encontraron vacío. Sus amigos estarían en el hospital dando consuelo a su hermano.

-¿Sabes algo?-preguntó Bill mientras hace una maleta con prisas.

-Déjalo, ya pasó-murmuró David.

-Necesito saberlo, ya que ha sido por mi culpa….

-Lo ha perdido. Tu hermano está destrozado. No se mueve de su lado y tu madre está con ellos-contestó David con miedo a su reacción.

Bill cerró los ojos con dolor. Sabía que eso podía pasar. Ahora le acusarían de algo peor. De matar a su propio sobrino, al que nunca quiso…

Terminó de meter algunas cosas en una bolsa de viaje y salió de la habitación tras echar un último vistazo con la sensación de que no iba a volver a dormir nunca más en ella.

David le cogió la bolsa y bajaron hasta el recibidor, en donde se encontraron con que Georg y Gustav entraban por la puerta. Se quedaron parados en silencio, mirándole con tristeza, quien agachó la cabeza avergonzado.

-Chicos-les saludó David con tono grave.

-Bill, lo siento, se lo tuve que contar a la policía-estalló Georg tratando de disculparse-Sabes que yo nunca te haría daño…

-Ya basta, Georg. No puedes hablar con él, la policía me lo ha dejado claro-le cortó David- Por favor, no le llaméis. Esperad noticias mías y no salgáis del apartamento.

-Hiciste lo que debías-murmuró Bill.

Pasó entre ellos y salió por al puerta que todavía continuaba abierta, caminando hacia el coche sin levantar la mirada del suelo. Le hizo daño que Georg le delatara, pero en el fondo sabía que era lo correcto.

Esperó apoyado contra el coche a que saliera David, quien estaría dando más instrucciones a sus amigos, que por su culpa se veían prisioneros en casa. Se ajustó las gafas de sol tratando de no mirar a su alrededor, consciente de que estaba siendo observado por los vecinos escondidos tras las cortinas de sus casas.

Tras 5 largos minutos por fin le vio salir cargando con su bolsa de viaje. Le abrió el coche para que subiera mientras él abría el maletero para dejar en el su escaso equipaje.

Rodeó el coche y se sentó a su lado, arrancando mientras se ponía el cinturón de seguridad, observando que él no se había puesto el suyo.

-Bill, ponte el cinturón-le recomendó antes de comenzar a rodar el coche.

-Sí, no sea que me pongan una multa-murmuró Bill obedeciéndole.

David pasó por alto su comentario. Era normal que en esos momentos sintiera que todo el mundo estaba en su contra. Su familia le había dado la espalda. Sus amigos no le podían hablar, y él tenía miedo a estar a solas con él, por si intentaba repetir lo del baño, a pesar de que se lo prometió. No sabía como actuar delante de él cuando no había nadie más a su alrededor.

Apartó un momento la mirada de la carretera para observarle. Tenía la mirada al frente, con un brazo apoyado en la ventanilla y la cabeza contra el. No le veía los ojos ocultos tras esas gafas negras, pero sabía que los tenía cerrados, se fijó más y vio que era así. Miró sus labios y vio que los tiene fruncidos en un gesto de sufrimiento.

Volvió a mirra hacia delante. No sabía como acabaría eso... Si tras el juicio podría volver a su vida, si el grupo dejaría de existir o dos de sus integrantes se odiarían entre ellos, o al menos uno.



Llegaron al apartamento y dejaron el coche en le parking subterráneo. Salió del coche mientras se quitaba las gafas y se frotaba la frente. Se adelantó mientras que David se encargaba de la bolsa de nuevo. Entraron en el ascensor y dejó que pulsase el botón de su piso, al que llegaron en menos de un minuto.

David se adelantó con la llave preparada y abrió la puerta, retirándose a un lado para que pasase primero. Bill entró y se quedó observando con atención su apartamento. Era la primera vez que estaba allí y se sorprendió de que fuera tan pequeño, pero confortable a la vez.

Entraron en un largo pasillo que comunicaba directamente con el salón, en donde una barra americana lo separaba de la cocina. Miró enfrente y vio una gran terraza con vistas al parque. A su derecha había una puerta que sabía que comunicaría con su dormitorio. Y nada más. Se imaginaba que el baño quedaba dentro de el.

-Me temo que te toca dormir en el sofá-explicó David al ver como miraba la puerta del único dormitorio-Es muy cómodo, ya verás.

-No me importa-murmuró Bill sentándose en el. 

-Puedes ir sacando tu ropa, te haré un hueco en mi armario-dijo David nervioso-O tal vez tengas hambre, te puedo prepara lo que quieras….

-David, basta. Por favor-suplicó Bill sabiendo el porque de sus palabras-Te prometí no volver a hacerlo.

-Lo siento. Es que estoy nervioso, por todo lo que ha pasado.

Bill aceptó sus disculpas y se puso de pie cogiendo su bolsa de sus manos. David fue delante y le abrió la puerta de su dormitorio, dirigiéndose al armario para hacerle sitio mientras él dejaba la bolsa sobre su cama.

Saca la poca ropa que había metido y la colgó, dejando un chándal apartado y su neceser de maquillaje.

-¿Puedo darme una ducha?-preguntó con timidez.

-Claro, ahora te traigo unas toallas-dijo David al momento.

Abrió el último cajón de la cómoda y sacó dos toallas, viendo como se quitaba la cazadora y la colgaba, fijándose en ese trozo de gasa que aún llevaba pegado a su antebrazo.

-¿Y eso?-preguntó señalándolo.

-Me sacaron sangre, para comprobar si seguía borracho-aclaró Bill arrancándosela con cuidado.

Cogió las toallas que le tendía y entró en el baño, donde tiró la usada gasa en la papelera. Cerró la puerta y se apoyó contra ella suspirando aliviado por gozar de algo de intimidad desde que se levantó esa horrible mañana.

Se separó de la puerta y abrió el grifo de la ducha mientras se iba desnudando. Se metió bajo el agua y gimió cuando le mojó la cabeza, aliviando en parte ese dolor que sentía en ella. Se pasó las manos por la cara, frotando con fuerza, tratando así de arrancar de ella la tristeza que sentía que no quería abandonarle.

Decidió darse una ducha rápida, salir cuanto antes por si David echaba la puerta abajo preocupado por si se había ahogado. Cortó el agua y salió de la ducha, secándose deprisa y poniéndose el chándal que dejó fuera del armario. Peinó su cabello mojado y decidió recogérselo con una coleta que sacó de su neceser de maquillaje. Se lo ató alto, mirando en el espejo la inconfundible cara de su hermano.

Se dio la vuelta con dolor y salió del baño. Estaba de nuevo en el dormitorio de David, observándolo mejor ahora que estaba solo. Mirando su cama, con la ropa bien estirada. Había dos mesillas a ambos lados de la cama, sin ningún objeto de decoración, serias y sobrias como su dueño. Encima de la cómoda había un marco de fotos que le llamó la atención. Se acercó a el y sonrió. Era una foto que les hicieron en una entrega de premios. David salía con ellos. La cogió en sus manos y miró con dolor a su hermano, que le rodeaba la cintura con una mano mientras que él le miraba y le sonreía. No se veía más, pero sus manos estaban entrelazadas, dándose a escondidas el amor que no podían en público…

Dejó la foto en su sitio para que no le trajera más recuerdos dolorosos. Salió al salón y vio a David detrás de la barra que lo separaba de la cocina. Le estaba preparando algo de comer tal y como le prometió. Se acercó a la barra y tomó asiento en uno de los taburetes mientras le observaba cocinar.

David se giró y vio que tenía un espectador.

-He pensado que tendrías hambre, no debes de haber comido nada desde ayer, y ya son las 4 de la tarde-le dijo con una sonrisa.

-Estoy revuelto, y la cabeza me está matando, ¿tienes un analgésico?-preguntó Bill frotándose la frente.

-Te lo daré cuando hayas comido algo, no te sentará bien con el estómago vacío-contestó David preocupado.

Bill se encogió de hombros como respuesta y se incorporó cuando le puso delante un plato con lo que había estado cocinando. Cogió el tenedor sin ganas y comenzó a comer despacio. Cuando terminó de comerse la mitad, dejó el tenedor en el plato y lo alejó de él, esperando a que David le diera el analgésico prometido para aliviar así algo del dolor que sentía. 

Se lo tomó con un trago de agua y apoyando los brazos en la barra, recostó la cabeza sobre ellos gimiendo por lo bajo.

-Vete a descansar un rato, ya lo limpio yo todo-dijo David sin poder evitar acariciarle la cabeza.

-Siento darte tanto trabajo-murmuró Bill levantando la cabeza, extrañado por su gesto.

Se le quedó mirando fijamente, hasta que una punzada en su sien le hizo gemir y levantarse. Caminó hasta el sofá frotando desesperado su frente y se tumbó en el boca abajo, enterrando la cara entre los cojines y cerrando los ojos con cansancio suspirando.





Se despertó al cabo de dos horas, con la sensación de no haber descansado nada. Sentía que todo el cuerpo le dolía como si tuviera fiebre. Se dio la vuelta en el incómodo sofá, enredándose con la manta con la que le había tapado David sin que él se enterara. Se quedó tumbado de espaldas con los ojos cerrados, pensando si levantarse o seguir tumbado.

Abrió los ojos de golpe al oír a David hablar en voz alta.

-…l jura que no la ha tocado, y yo le creo, no sé como puedes dudar de su palabra-le oyó decir muy furioso.

Cerró los ojos de nuevo y se frotó las sienes con los dedos. Todo el mundo estaba mal por su culpa. Todos discutían, y no se fiaban de su palabra. 

Por lo menos había una persona que si le creía, aunque no era quien esperaba…

No quería escuchar más, pero aún así agudizó el oído esperando sus palabras, que no tardaron en llegar para dejarle más hundido de lo que ya estaba.

-Por el amor de Dios, ¡es tu hermano! No le puedes hacer eso. Esa chica te ha cegado, desde que apareció no ha dado más que problemas. Primero discutís por ella y ahora mira lo que ha pasado. Puede que tú le des la espalda, pero yo no pienso hacerlo.

Tras esas palabras le oyó colgar furioso el teléfono. Las sentía flotar en el aire, alrededor de su cuerpo, consiguiendo que se sintiera cada vez más miserable.

Pensaba que su hermano solo estaba enfadado con él, no que hubiera dejado de amarle, como lo acababa de dejar bien claro.

Ya no le amaba, ahora le odiaba con toda su alma.

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